Chano y el Ñuñú

Chano y Jacobo continúan siendo dos amigos que se conocieron en la Facultad  de Ciencias, concretamente en la cola donde tenían que rellenar un formulario.  Chano suele escribir con pluma, pero ese día cogió un bolígrafo al azar que tenía por casa sin percatarse de que no escribia, ¿cómo no le podía pasar algo de este tipo tal y como lo vamos conociendo?

Se giró al compañero para pedir que le prestara uno y en ese momento empezaron a hablar sin saber que, para sorpresa de ambos, compartirían la misma aula de químicas.

Congeniaron muy bien y, entre estudio, clases y otros temas académicos, también tenían sus ratitos de ocio. Se hicieron inseparables. Sus aficiones eran muy parecidas y su ingenio no les frenaba en absoluto para investigar nuevos horizontes que se iban presentando en su día a día. Y más en una ciudad donde los estudiantes tomaban las calles infundiendo vitalidad y alegría en cada esquina.

Se especializaron jugando al  tenis de mesa (también conocido como pingpong o pimpón) ,deporte de raqueta que se disputa entre dos jugadores o dos parejas (dobles). Y también el ajedrez era otra de sus pasiones.

Paseando un día por la ciudad, vieron el anuncio de un club de ajedrez y decidieron hacerse socios. No había límite para las edades y el ambiente se percibía muy agradable. Cuando sus estudios se lo permitían iban al club y jugaban  juntos o con otros compañeros.

Como ambos eran y son muy observadores, les llamó la atención un joven que cuando movía ficha emitía un sonido extraño. Con el dedo índice y pulgar se frotaba la barbilla a la vez que vocalizaba  «ñu ñú». O era un tic nervioso, o una manera de concentrarse. O como cuando guiñas un ojo de forma involuntaria y el otro piensa que te ha ligado y no sabes cómo reaccionar. A los dos amigos les hacía gracia y lo bautizaron como el «Ñuñú». Algunas veces jugaron con él y era muy bueno ganándoles, pocas eran las partidas en las que tanto Chano como Jacobo quedaban vencedores ante tal experimentado joven.

Llegó un día en que los dos clubes de ajedrez de la ciudad convocaron un campeonato. Nuestros amigos se apuntaron, por supuesto. Había gente muy buena y llamaba la atención las partidas tan fantásticas que allí se desarrollaban. Por tanto, el campeonato se presentaba muy interesante.

Jugadores de ambos clubes se iban intercalando por puntos ganados en las partidas y llegó el momento que, por eliminatorias, coincidirían Chano y Jacobo.

Piensan lo que piensan y decidieron recurrir a los libros de ajedrez que disponían en casa para estudiarse de memoria una partida que causara sensación y que terminara en tablas. Se trataba de quedar en una buena posición en la clasificación final. No podemos decir que le tenían manía al Ñuñú, pero no les gustaba su altivez y chulería ante el resto de los integrantes del club. Se propusieron obtener una buena posición y si era mejor que la del Ñuñú, más satisfechos.

Repasando partidas famosas se fijaron nada más y nada menos que la jugada entre Capablanca y Alekhine, cubano y ruso respectivamente que desarrollaron en el año 1936 y que acababa en tablas, que era lo que ellos pretendían.  La descripción de la partida se la tomaron como el examen final de una asignatura y repasaron cada movimiento de las piezas de ajedrez. Ensayaron como si les fuera la vida en ello.

 

Se informaron que El estilo de juego de aquella partida era más bien un duelo de triquiñuelas, como si Capablanca estuviese jugando a “cazar al cazador”. Alekhine se dejó de precauciones e hizo una de sus famosas combinaciones enrevesadas, quedando con una muy ligera superioridad de piezas (dos poderosas torres frente a dos alfiles y un caballo). El ruso finalmente entendió que su ventaja era posicional, supo que no podía ganar y se rindió para perplejidad de analistas y espectadores, que en un principio no terminaron de entender por qué el ruso no seguía jugando una partida en la que parecía poder optar como mínimo a unas tablas. Pero, efectivamente, Capablanca le había ganado en su propio terreno, el de las combinaciones geniales, con una sutileza propia de viejo campeón.

Recomiendo leer la historia de estos dos titanes del ajedrez.

 

Llegó su turno y les marcaron el inicio de la partida. Chano y Jacobo muy concentrados. Respetando sus tiempos. Todo iba según lo previsto. Los que estaban alrededor se asombraron del cariz que estaba tomando el juego y  empezaron a concentrarse en círculo a su alrededor. Los más expertos miraban y retrocedían para comentar los movimientos sin interferir en ese halo de excelencia ajedrecista hasta ahora nunca vista en este tipo de campeonatos locales. Incluso algunos paralizaron sus partidas para seguir a aquellos dos muchachos. La expectación era máxima.

Estaban tan concentrados en que no se les escapara ningún movimiento memorizado que, cuando uno se disponía a mover una ficha incorrecta, el otro le propinaba un puntapié por debajo de la mesa para que corrigiera el movimiento estudiado. El juego se fue quedando sin fichas y quedó en tablas como en la partida modelo que estaban desarrollando y que era seguida con máxima expectación.

 

Capablanca y Alekhine  marcaron un antes y un después en la historia del ajedrez. Establecieron dos escuelas de juego totalmente opuestas, que han seguido muy vivas a través de los años. Los jugadores amantes del juego de ataque, del ajedrez bello, retorcido y fantasioso como Garry Kaspàrov se inspiraron fundamentalmente en las partidas de Alekhine. Los jugadores amantes del orden, la claridad y la lógica posicional, como Bobby Fischer o Anatoly Kárpov, aprendieron su estilo de Capablanca. 

Todos los integrantes del campeonato les felicitaron por la partida jugada y, al quedar en tablas, los dos amigos se posicionaron en segundo lugar  por encima del Nuñú, cumpliendo su objetivo, ya que este pensaba haberles superado en puntuación.

Después de recibir las felicitaciones de los socios mayores del Club, fascinados por la partida jugada; Chano y Jacobo celebraron su éxito en un bar cercano. Para ellos, el Éxito en mayúsculas fue superar al Ñuñú en una clasificación inesperada para su ego.

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