Chano y la despedida de los novios

Chano, tiene varias primas y, en los años de su más tierna infancia, como venimos contando me sigo sorprendiendo  por sus anécdotas. De algunas me acuerdo con total nitidez. De otras , las vamos reconstruyendo siendo una buena terapia de risas a bocajarro. Sé que son ciertas porque forman parte de la historia familiar que tanto me han repetido sus padres, pero para quien las lea si me dicen que son exageradas ni siquiera les voy a discutir. ¡Fíjate que hasta lo podría pensar en un momento dado aún sabiendo que las he oído mil veces!

 

Uno de los veranos, nuestra prima Almudena, más mayor que nosotros y que Chano, por supuesto, paso todo el mes de agosto con sus tíos, los padres de Chano.

Tenía un novio marinero y por motivos de trabajo tuvo que estar ayudando en la reparación del motor  hasta que zarparan de nuevo. Ya que en dicha ciudad vivían sus tíos.

La ocasión se presentó favorable para todos; Almudena podría pasar tiempo con su novio, mis tíos encantados de tenerla y los padres de Almudena tranquilos porque sus amigas le acompañaban todas las tardes. No les dejaban nunca a solas ni a Almudena ni a Pepe, su novio. Esa era la escasa libertad a la que podían alcanzar las chicas casaderas.

Chano mientras tanto jugaba con sus amigos, a veces  organizaban grandes meriendas en casa con todas las chicas, pero él pocas veces participaba porque decía que sólo hablaban de si un chico ha mirado a Juana o si Joaquín le había soneído a Pili.

 

Finalizaban las obras del barco y con ellas el día de la partida de Pepe. Iba a producirse una hecatombe cuando llegara el día de la despedida. Mis tíos no sabían cómo consolar a Almudena.

—Pero hija, sólo van a ser seis meses en alta mar. El tiempo transcurre rápido. Cuando te des cuenta ya lo tienes de vuelta.

—¡Seis meses! ¿Qué voy a hacer durante tanto tiempo? ¡No verlo, no poder hablar con él, no voy a poder vivir sin él!

Chano asomaba su cabeza por la  puerta de la habitación. Puso los ojos en blanco. Se llevó el índice de la mano derecha a la sien indicando que su prima exageraba un poco; y antes que abriese la boca para decir nada, su madre le espetó con la mano para que saliera de la habitación sin que le viera su prima. Aunque realmente, asida al cuello de su tía y llorando como una desconsolada, ni se percató de la presencia de Chano.

 

Era sábado. Él último de agosto. El barco partiría a las cuatro de la tarde. Sus tíos prefirieron despedirse en casa  para que la pareja pudiera hacerlo a solas y su sobrina no sufriera más de lo que lo estaba haciendo.

Las amigas también se habían apuntado al evento porque  consideraban que no podían dejar a Almudena en una situación tan desoladora.

Lo que no entendía Chano era por qué su padre le llamó por la mañana para decirle que les acompañara también.

—Mira hijo, le dijo su padre. Os vais todos al puerto. Cuando veas que queda poco tiempo para que los marineros suban al barco, te las ingenias para que Águeda y Pepe se queden a solas.

—¿Pero cómo? ¿Pretendes que me lleve a sus amigas a otra parte? Pero si no se despegan nunca de ellos.

—Pues por eso mismo. Para que tengan un momento de intimidad y hablen de sus cosas.

¡Marineros, vayan embarcando! Se oía por unos altavoces. Chano se dirigió al corrillo donde estaban todos y les dijo a las amigas:

—¡Venid venid! ¡Mirad lo que he descubierto! —Les apremió de la forma más rápida que pudo sin dejarles que reaccionaran siquiera. Se las llevó a varios metros de donde estaban los novios que por fin quedaron a solas y, señalándoles con su dedo el agua.—¡Veis,veis!

—Sí claro que vemos, es agua qué va a ser.

Les hizo que se agacharan.— Os voy a contar un secreto, no se lo digáis a nadie, pero debajo de esa agua, hay mucha más.—Por el rabillo del ojo observó el abrazo pasional de los novios.

 

El barco partió.

Esta aventura finaliza con unas amigas enfadadas por la tomadura de pelo de un crio y la satisfacción de Almudena y Pepe por haber disfrutado de unos minutos de intimidad.

Los ojillos y la sonrisa de Chano delataban la satisfacción de haber cumplido fielmente el encargo de su padre; sin hacer mucho caso a la bronca de las chicas.

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