Chano y la pila

Chano es mi primo.

Me insiste en que quiere participar en este blog porque dice que su vida ha sido muy interesante y muy diferente a la de otros niños.

Le miro  con ojos interrogantes, por lo de «interesante», y le conmino a dejarlo para otro día.

De pequeño era muy muy travieso. Y ahora no se si utilizar el mismo adjetivo u otro que exprese lo cansino que se pone a veces cuando quiere algo.
Puedo imaginar, como una posibilidad muy certera, que si esto me lo dice cuando tenía cuatro años hubiera abierto los ojos al mismo tiempo que la boca, enarcando las cejas e intentando que no se me notara ese punto entre la perplejidad e incredulidad al oír semejante sentencia: ¡querer contar su » historia»! Tan pequeño y tan convencido. Pero Chano era, es y seguirá siendo el mismo, una caja de sorpresas. Esto lo digo porque como veréis en estos capítulos que le dedicaremos, si os gusta, tenía una capacidad resolutiva muy arriesgada para tan corta edad.

Contaremos algunos momentos con los que, al menos nosotros, nos reímos  bastante cada vez que los recordamos. Sólo decirles que cada vez que se le escapaba a mi tía de la vista, en vez de buscarlo como todas las madres, siempre miraba hacía la copa de algún árbol.
Mis tíos, por motivos de trabajo, se tuvieron que trasladar a otra ciudad durante mucho tiempo. Venían a vernos cuatro o cinco veces al año, por lo que el trato con Chano se reduce a esos momentos familiares que compartíamos de tanto en tanto.
Ahora, a sus 45 años  la empresa donde trabaja tenía una vacante en mi ciudad y ni se lo pensó.

A mi me gusta porque así podemos pasar más tiempo juntos. Cuando quedamos a comer disfrutamos de las interminables sobremesas que por lo general resultan muy amenas al ser tan ocurrente.

Una de las anécdotas que nos gusta recordar es la que le llevó a ocupar lo que iban a ser por un buen rato «asiento especial», como digo yo, porque para él no lo fue tanto.
Tenía apenas cuatro años y en una de esas visitas  se organizó una comida familiar en casa de la abuela.

Me encantaba aquella casa. Era una planta baja como todas las del pueblo: con muchas plantas en el inmenso patio y algún que otro árbol frutal.

Ahora apenas queda ninguna en pie.¡Qué pena! Como se va despersonalizando la imagen del pueblo. El descabellamiento por el afán de construir edificios en una época de gran inversión inmobiliaria, ha llevado a una rentabilidad económica en detrimento de la pérdida de identidad del lugar que habitamos. Pero bueno, esto lo hablaremos en otro momento.

Recordamos aquel verano. Mi padre y mi tío eran los encargados de preparar la paella dominical. Aprovechaban esos momentos para ponerse al día de los acontecimientos del pueblo y de los amigos.

Vinieron otros familiares con sus hijos y lo pasábamos muy bien. Todos los primos teníamos edades similares excepto Chano, éste  más pequeño que el resto.

Mientras nosotros jugábamos al pilla pilla o a la pelota, a él le dio por intentar acertar al blanco.

¡Sí, su diana era la paella!

Mientras se sofreía el arroz nadie se dio cuenta, pero cuando el caldo empezó a hervir y el chapoteo de la piedrecitas que había ido tirando se hizo evidente…Fue sólo un instante. Su madre lo vio escondido detrás de una planta denominada la trompeta del diablo. Gritó su nombre CHANO y acto seguido uno de los tíos lo cogió y lo metió en la pila de lavar la ropa. Le dijo: al menos estaremos tranquilos mientras tratamos de salvar la comida.

¿Creéis que eso le afectó a Chano? ¡Claro que no. Cuando le fueron a buscar para comer no estaba dentro de la pila. Todos preocupados por él. ¡Chano! ¡Chano! ¿Dónde te has metido?

Su madre lo encontró siguiendo las huellas de unas gotitas de sangre. Estaba escondido detrás del naranjo con las rodillas llenas de arañazos. Prefirió no mostrar el dolor causado en ese descenso desde la pila,que le doblaba en altura y construida con cemento sin enlucir. Pero en su interior gozaba victorioso ante el desafío por tamaño castigo.

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