El último adiós

Como en aquella película de Pedro Almodóvar “Tacones Lejanos”, tu sola presencia me advertía que nuestro comienzo casi estaba acabando.

No sé si fueron tus ojos verdes caídos como si no necesitaras ver más allá de la porcelana, el tono de voz empleado al abrigo de un cielo sin estrellas o la forma en que levantabas la taza de café con el dedo meñique apuntando a mi entrecejo. Me tenías totalmente cegado

Mantuvimos una relación sentimental de cinco años con frecuentes altibajos: unas veces por tu carácter distraído y otras por mi poca paciencia demostrada. El hecho es —he de reconocer— que se fraguó entre nosotros una relación que ahora los entendidos llaman tóxica y que en nuestro caso no supimos definir en aquellos días. Nos queríamos y pensábamos que era suficiente.

Si me pongo a pensar ahora, al cabo del año que me ha costado olvidarte, realmente no sabía quiénes éramos. Más bien dos almas paralelas antes que complementarias. Nos agradaba conversar, pero no nos escuchábamos; viajábamos, pero siempre solos. Nos desentendimos de nuestros amigos porque nos bastábamos el uno al otro. Círculo cerrado.

Dependencia emocional o no sé qué nombre le pondría. Sin embargo, las puertas de nuestra casa han sufrido más de un golpe seco, tanto por mi parte como por la tuya. Bien es cierto que reservabas una parcela de tu vida privada totalmente reservada: reuniones, viajes rápidos de negocios —decías. Yo no pensé en nada más. No tenía por qué hacerlo.

Si hubiera sabido que aquella maldita tarde nuestra ruptura definitiva iba a ser consecuencia de mis palabras, tal vez no las hubiera pronunciado. Ahora sí estoy seguro que fue un final inoportuno.

Sonó el teléfono a eso de las siete. Descolgué. Preguntaron por ti y seguí confirmando algunos datos como tu fecha de nacimiento, dónde trabajabas, tu lugar de nacimiento…en fin detalles que me parecieron sin importancia ya que a la policía no se le debe mentir. Pero cuando me dijeron que habían fallado el juicio y la sentencia te mandaba a la cárcel unos cuantos años, me quedé de piedra.

Ahora, cuando veo que te alejas, enfundada en tus tacones después de haber lanzado la taza de café al suelo pienso que hemos convivido sin llegar a conocernos.

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