Fue un sueño

¡Menos mal que sólo fue un sueño!

Me compré una casa sin poder deciros en qué ciudad. No reconocía las calles.

Había que limpiar el polvo acumulado durante el tiempo que estuvo cerrada esperando a ser vendida. ¡Fue un amor a primera vista! Chasqueé los dedos y giré unos 360 grados con los ojos cerrados. Al abrirlos el suelo brillaba reluciente y las paredes tenían el color que había deseado para ellas. El olor a laca era intenso.

Ahora tocaba el turno a los muebles. Pocos, porque la vivienda estaba casi amueblada. También a los libros, la ropa de vestir, mantas y sábanas y aquello que me ha acompañado durante gran parte de mi vida.

Los recuerdos no, porque sufro amnesia. Selectiva. Pero hago como que no sé de aquello con lo que no me llega una vibración especial. Es una agradable sensación de libertad no cargar con historias a tus espaldas. Mis compañeras no me entienden, pero ellas tienen otras habilidades: una está callada todo el día porque dice que en boca cerrada no entran moscas, a otra le gusta meditar, creo yo, porque se pasa el día con el Ommm y los brazos levantados. En fin, nos tenemos que aceptar todos.

Por el contrario, las personas en general tienen tendencia a querer dirigir tu vida diciéndote lo que debes o no hacer; pero no se te ocurra seguir su ejemplo porque sus palabras difieren de su comportamiento. Se ha establecido casi como una costumbre universal. Más depende de cada uno hacer caso omiso a tales observaciones.

Lo digo porque me recomendaron una empresa de mudanzas. Se dedicaban a empaquetar todos los objetos y muebles en cajas, embalajes y todo de forma muy cuidadosa. Pero decidí que nadie me iba a privar de ir recortando mi vida a medida que hacía la recogida y desapego de la acumulación de historias vividas a través de los objetos:

  • Que si un libro leído en grupo.
  • Que si un panfleto repartido en una jornada de huelga.
  • Las fotos que hicimos en conferencias en Inglaterra (donde convivimos con actores amigos de la familia de acogida) y en Sicilia (esta última acompañada por el aroma de unas alcachofas espigadas, hechas a la brasa y despellejadas con las manos. Todos con los dedos y las bocas negras, parecíamos mineros al salir del trabajo. ¡Hummm! Parece que me venga el olor braseado después de tanto tiempo. Comiendo en la bodega italiana de la familia, también de acogida, y con las luces de una bola de discoteca dando vueltas a gusto de los propietarios).
  • Mil papeles y carpetas de recortes de periódicos guardados para cuando tuviera tiempo de leerlos.
¡Todo fuera! ¡Cuánto cuesta el desapego!
Fui a por agua y al volver al salón me percaté de que lo tenía todo ordenado y preparado para que se lo llevase el camión de la mudanza. No podía haber chasqueado los dedos porque el vaso grande necesitaba de mis dos manos. Pensé –¡pues qué bien, trabajo hecho!
De pronto llaman al timbre y mis amigos venían a celebrar la inauguración del nuevo hogar.
—Pero ¿cómo, si todavía no he realizado el traslado?
—Entonces, ¿por qué nos has citado en la nueva casa?
Me giré y, efectivamente, ahí estábamos. Les empecé a enseñar todas las estancias para, al mismo tiempo ir yo tomando referencias de dónde se encontraba cada cosa. Me daba apuro que descubrieran que también era mi primera vez allí. Menos mal, que todos trajeron viandas pensando que no me había dado tiempo a preparar nada. Parece que les eran familiares todos los rincones porque no me preguntaron dónde estaban los cubiertos o los platos.
Pasamos una noche agradable. Se quedaron a dormir tras una larga sobremesa de cháchara. ¡No pensé que hubiera tantas habitaciones! Salí de mi cuarto al clarear el día y observé a todos despertándose frescos y radiantes. Contentos. No me quise cuestionar nada y me refugié en mi amnesia. Supuse que todo iba fluyendo de forma natural porque nadie se quejaba de nada. La única extraña era yo en mi propia casa.
Dudé si estaba viva, pero respiraba. No entendía nada.
Alguien puso música y los bailes y las risas acompañarían al copioso desayuno. Fui al baño y al volver estaba todo preparado. Se hizo la hora del almuerzo y volvíamos a comer con risas. Muy distendidos, se fueron despidiendo a las seis de la tarde. No sé si habían pasado uno o dos días. Pero ni lo cuestioné. Al fin y al cabo también disfruté mucho con todos ellos.

Al cerrar la puerta, me sobresalté.

El calor era asfixiante. Me revolví una y otra vez entre las sábanas. La dichosa campana sonaba más fuerte que otras veces. ¿Sería por la resaca de felicidad que me envolvía?

El chirriar de la puerta me previno de la figura corpulenta que todas las tardes aparecía a las seis en punto y, con su voz de barítono retirado, me decía:

—¡Señorita Chamizo, no olvide hoy su medicación! Ayer la encontré debajo de la cama y lleva toda la noche hablando en sueños. No ha dejado dormir a ninguna de sus compañeras. Si continúa tan alterada le tendré que llevar de nuevo al psiquiatra.

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