La barra del bar

Era un día cualquiera. Viernes, creo recordar. No era consciente de ninguna fiesta especial en el pueblo, pero lo cierto era que el restaurante estaba casi al completo. A nosotros, como clientes frecuentes, siempre teníamos una mesa donde comer.

Ya ubicados, al frente, la barra, con el ajetreo normal de ir de cabeza con tanta gente. El menú lo elegimos antes de entrar por lo que no hicimos perder mucho tiempo a la camarera que nos tomó nota.

El griterío era importante. Es una característica general que no me gusta nada. Te impide conversar y llega a estresarte gratuitamente.

El hecho de ir a un restaurante por puro placer implica, no solo el hecho de comer simplemente sino de disfrutar de la compañía, también que te sirvan los sabores que no cocinas habitualmente en casa y conseguir salir un poco de la rutina diaria. Bien es cierto que depende del restaurante que elijas, pero si se trata de un lugar donde se sirven menús diarios para clientes habituales, algo de decibelios elevados encuentras cuando todo está ocupado.

Me sorprende que, viajando al extranjero, el comportamiento de los clientes en restaurantes es muy distinto: más pausado y silencioso. Sin embargo, turistas de determinados países que viajan a nuestro territorio, deben de contagiarse con la alegría del vocerío y se españolizan rápidamente.

Pues bien, a la barra no cesaban de acercarse clientes que, ante la negativa de la encargada, se volvían por donde habían entrado. Algunos estaban tan desesperados que le insistían a la encargada que su grupo de seis se podría acoplar en una mesa de cuatro. La encargada nos comentó: “no me parece bien que se respire en el cogote de los que están en la mesa de al lado”. Estaba bien pensado para lo relativamente cerca que estaban dispuestas las mesas.

A nuestra derecha, una mesa redonda diez sillas. Por sus comentarios, estaban celebrando las fiestas de su pueblo, que se encontraba a pocos kilómetros. Se trataba de varios matrimonios que reían y a la vez hablaban todos al mismo tiempo, y por grupos de tres entre los más cercanos. Cuando nosotros nos fuimos… ellos seguían con su charla.

El resto del comedor lo conformaban eran mesas de dos comensales, una de tres y el resto de cuatro. En total unas diez, sin contar la sala contigua, que esa sí era mucho más grande.

Abarcando toda esta escena, mis ojos se dirigieron al final de la barra, a mi derecha, un pequeño dragón amarillo con rayas rojas saltaba y promovía una pelea con una serpiente del mismo color. Ambos guiados por unas diminutas manos. Seguro que se estaba gestando una historia de esas que solo la imaginación de los niños sabe componer.

¿Quién de pequeño no ha construido un mundo imaginario?,¿te acuerdas del personaje invisible con el que tenías largas conversaciones y a veces hasta os enfadabais?, ¿no te identificabas con los dibujos de la televisión o de los tebeos?

Pues esa infancia me recordó el niño que, ajeno al ajetreo de los mayores y, sentado encima de la cámara frigorífica que le servía de taburete, levantó la piernecita y casi estiró su cuerpo sobre la barra para que su madre sacase la bebida. Luego, con una sonrisa maternal, le dijo: ¡ya está! Y el niño siguió con su historia de dragones y serpientes.

Todas las infancias germinan y alimentan al adulto del futuro, que se convertirá en lo que la vida le permita ser y sus vivencias fluirán como los ríos atravesando piedras o deslizándose suavemente desde las montañas sin obstáculo alguno.

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