Madeleine versus Afrodita A

 

Madeleine, la amiga de Chano, tenía asumido que no era una mujer explosiva, pero nadie le podría negar que ahora era una mujer «eléctrica», con «chispa», «biónica»

Le dijeron que la prueba, en palabras llanas, consistía en  introducirle un  contraste para ver el camino por donde se podría estar desplazando el «bichito facineroso» que había provocado su enfermedad.

 En términos médicos se define así la tomografía por emisión de positrones (PET) que utiliza pequeñas cantidades de materiales radioactivos denominados radiosondas o radiofármacos, una cámara especial y una computadora para evaluar las funciones de tejidos y órganos. Así, mediante la identificación de cambios a nivel celular, la PET puede detectar las manifestaciones tempranas de enfermedades antes que otros exámenes por imágenes. 

Inmediatamente,  su mente dibujó un elemento amorfo color azul eléctrico, babosillo; haciéndose hueco a través de qué recovecos de su cuerpo. Por aquí, por allá; aquí tropiezo, por allá paso. Y sin enterarse ni tener la delicadeza de manifestarse de algún modo meses antes.

 Me  visualicé como Afrodita A – la novia de Mazinger Z- (para los más jóvenes remitirse a una enciclopedia, perdón, a San Guguel) y al radiactivo como una hormiguita dentro de un  laberinto tratando de encontrar la salida. Dándose de bruces y desintegrándose algunas veces y, en cambio, en otros ganglios incluso bailaba y emitía lucecitas discotequeras, que giraban y giraban sin encontrar obstáculos; esperando que Afrodita A fuera la puerta de salida y gritara su «frase de guerra».

Cuando finalizó la prueba le recordaron que no se podía acercar ni a niños ni a mujeres embarazadas. —Uy, entonces, tengo carga eléctrica incorporada—, dijo Madeleine.  Alargó el dedo a modo del extraterrestre E.T. para ver si podía  poner en marcha el coche. ¡Cachis, no funcionó!

A la hora de comer y, después de pedir el café, sus poderes se manifestaron. Lo intentó con la cucharilla del cafe. ¡Y funcionó! Puso el dedo índice de la mano derecha acercándose al cubierto y, aunque levemente, se movió. Un breve deslizamiento desde el platito del café hasta la servilleta que estaba en el borde de la mesa. —¡Anda! en su cara se dibujó una sonrisa y pensó: pues va a ser verdad, que soy una mujer con imán.

Madeleine salió del restaurante convencida de su potencial y deseaba ver la cara de sus amigos cuando empezara a mover objetos sólo con su descarga eléctrica, al menos durante las seis horas que duraba el efecto. Cerró la puerta y ya no pudo oir la conversación del par de camareros que atendían a los clientes:

—¡Pepe, avisa al de mantenimiento que se ha vuelto a fastidiar la pata de la mesa!

—¿Qué mesa?—le contestó Ramón

—Pues ésta,—dijo señalando la que acababa de dejar Madeleine— ¿no ves que a la señora  casi se  le cae la cucharilla del café?

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