Madeleine y el niño debajo del brazo

Tocaba entrar por tercera vez en quirófano.  Le sorprendía la recepción que se le hacía a los pacientes en el hospital. Todos los que ingresaban ese día eran citados al mismo tiempo. Una hora más tarde que la de las corridas de toros. Un auxiliar, a veces un hombre otras una mujer aparecían cargados con los historiales médicos de cada uno para irles  distribuyendo por plantas según el tipo de intervención a realizar. Como a los viajeros en grupo de las excursiones distribuyendo las habitaciones en el hotel. Todos recogiditos y pasando lista para que no se escape nadie.

Madeleine pensó que la llevarían a la misma planta que en las dos ocasiones anteriores, pero no fue así.

Esta vez era la primera planta donde y en la puerta de entrada pudo leer «Ginecología y Maternidad». Casualmente nadie de los que esperaban en recepción subió en el ascensor con ella.

En esos momentos, nublado el entendimiento y turbado el pensamiento se dirigió al mostrador y le dijo a la enfermera:

—Señorita, creo que se han equivocado de planta. Yo no vengo a parir. Conozco la expresión que hay niños que vienen con un pan debajo del brazo, pero debajo de mi brazo van a quitar ganglios no voy a dar a luz.

Le salió del tirón, sin calibrar el efecto de sus palabras; pero fue un momento al estilo de los efectos de las películas de Buñuel. Absurda situación.

A la enfermera no le dió tiempo a percibir si se trataba de un chiste o  si la vió un poco ida. Madeleine pareció observar desconcierto recíproco.

—La instalamos en esta planta porque está todo completo.

Son momentos en los que se hacen y dicen cosas más allá del razonamiento por los nervios acumulados y el volver a ser intervenida en tan corto espacio de tiempo.

Le escribió un mensaje una amiga preguntándole cómo estaba y si ya estaba instalada en la habitación y Madeleine le contestó: no se si saldré sin ganglios o con un niño debajo del brazo.

Estaba claro que ante la falta de camas era más agradable oir llantos de quien acaba de llegar al mundo que lágrimas por pérdidas humanas o lamentos reiterados de personas que en algún momento mantenía su  juicio, ahora desvaído.

Cada vez que entraba al baño y veía un cubo con la inscripción «ropa sucia del bebé», inconscientemente me tocaba la barriga. Sacudía la cabeza, sonreía y me repetía con voz queda: ¡yo vengo a otros menesteres!

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