Madeleine y la mirada penetrante

Llegó el día del segundo ingreso y había pasado la semana un tanto inquieta. Recordaba a la compañera de habitación y anhelaba esas mismas horas de descanso previas a la entrada en quirófano.

La enfermera le condujo a la habitación y comentó que se aburriría mucho porque compartiría espacio con una señora extranjera. Ésta se encontraba  acostada y como Madeleine entendía su idioma se le ocurrió darle las buenas tardes. No es que se arrepintiera de saludar  o tal vez si, por lo que aconteció hasta que la señora consiguió el alta voluntaria. 

Cuando trajeron la cena, Madeleine destapó la bandeja y acto seguido se encontró con los ojos de la señora mirándola fíjamente a ella y a las viandas. 

 Resulta que por el tipo de intervención la tenían a dieta líquida y estaba muerta de hambre. 

Sigilosamente se fue acercando a la bandeja de comida y casi metió la cabeza dentro preguntado qué era un trozo de filete de pollo. Madeleine se lo trató de explicar, pero se le hacía una bola en la garganta porque pensaba que le iba a echar mano en un momento u otro. Acompañado todo esto con las blasfemias que profesaba a las enfermeras y al sistema sanitario en general por no darle de comer. Madeleine engulló como pudo ante la vigilancia de su compañera. Trató de explicarle que su dieta era por prescripción médica, también le dijo que se apuntara a clases de español para poder comunicarse mejor al vivir aquí y no sé cuantas cosas más con tal de distraerla un poco.

Cuando las enfermeras se percataron que podía hablar su idioma, le tomaron por traductora. Madeleine desistió de un descanso reposado y enfrentó como pudo a la estancia de esos días. Se produjeron situaciónes un tanto atípicas algunas con más o menos gracia, otras mejor no recordar.

Madeleine le contaba a su primo Chano —pensamos que para hacernos entender tenemos que gritar y el tono se va poniendo un tanto áspero, y la persona no es que esté sorda sino que no entiende, y tampoco hace por esforzarse.

Le llamó por teléfono su amigo Antonio y se produjo la misma parodia que en la película de los hermanos Marx aquella del camarote donde no paraba de entrar y salir gente.

Situación: Madeleine en su cama hablando con su amigo. La compañera de habitación mirando fijamente a las enfermeras que le decían que tenía que controlar el orín dentro de una botella color naranja, ésta contestando que era difícil acertar en un agujero tan pequeño. Las otras, que tenía que utilizar la cuña y mientras tanto pidiendo a Madeleine que tradujera. Ésta que estaba hablando por teléfono y que por favor  esperaran un momento, Antonio absorto con tanto alboroto y su amiga hasta lle pidió que buscara en google como se decía cuña en el idioma de la señora.

Empezamos a reir por lo absurdo de la situación. Y, como  por señas se entiende la gente. Le mostraron  la cuña con un brazo y dijimos: pis aquí, y luego con el otro brazo indicaron que la pasara a la botella. 

Ya no supo Madeleine cómo quedó la cosa porque no paraba de reir pensando que estaba allí para que la intervinieran y no para tanta aventura inesperada en tan pocas horas. Hasta su amigo le preguntó si de veras estaba en el hospital o le estaba gastando una broma.

P.d. La intervención fue bien.

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