Madeleine y la sesión de quimioterapia

Pronunciar la palabra cáncer sigue siendo un estigma  para la población en general, y no es para menos. Se salvan muchas vidas, pero otras se disuelven en el transcurso de su lucha diaria.

Las sesiones de quimioterapia son todas diferentes, lo único en que coincidimos los pacientes son las bolsas que nos van insuflando de forma intravenosa a través de una bomba elastrométrica. La bomba es un dispositivo pequeño y liviano que administra quimioterapia en el torrente sanguíneo con una velocidad constante. Esto se denomina infusión continua de quimioterapia. Unas veces son tres bolsas, otras dos; en fin, más o menos cantidad según la prescripción y pauta prescrita por los y las  oncólogas para ese día. De ahí que el tiempo de duración no es el mismo para todos. A veces la sesión es  corta y otras incluye un almuerzo físico y masticable. Esto último implica  pasar más tiempo entre las cuatro paredes.

La rutina es la siguiente: A primera hora nos hacen una analítica para saber si todo está correcto y podemos recibir el tratamiento. El resultado nos lo confirma la oncóloga e intercambiamos las novedades que se van produciendo en nuestro cuerpo, y nos resuelve cualquier duda que nos preocupe. Si todo está correcto, nos pasan al hospital de día donde se encuentran las salas donde nos van a proporcionar el tratamiento. y donde vamos a ser ‘enchufados`a la maquinita.

Nos sentamos en un sillón individual —en mi caso son azules. Si tienes la suerte de que el sofá sea electrónico con mando a distancia, es fácil apretar el botón e incorporarte un poco más de la cuenta para aparecer en el plato de lentejas del compañero que tengas enfrente; o, verlo echarse para atrás por si el lanzamiento va con velocidad suficiente y es en serio. Otros sillones —los que más abundan— son manuales y, entre la vía por donde entra la medicación, entre que no puedes mover el brazo y, además, no te das cuenta de que el respaldo está contra la pared, aquello no hay quien lo mueva. Es como remar sobre la arena y pretender que el falucho avance con la ligereza del agua. Es entonces cuando entra la enfermera y te aparta de la pared facilitando el espacio suficiente para que pueda abrirse, pero esto no alivia la dureza del mismo para acomodarlo y poder estirar las piernas.

Una vez todos en su sitio, aparecen en escena  los pitidos de la bomba. Con cualquier movimiento pita y pita, y sin movimiento, también. Esto al principio es una locura porque no sabes qué has hecho mal.¿Habré movido el brazo? ¿Será al coger el libro? Siempre piensas que tú lo has provocado y tratas de justificarte porque es tu máquina la que suena. Con el tiempo entiendes que pasa a ser casi un ruido ambiente. No le haces ni caso, porque el personal de enfermería está muy pendiente de nosotros y acude a cada momento a ver qué ocurre, con el dedo índice señalamos la máquina en cuestión y, todos a una voz:¡Es aquella!

El tema de conversación es muy variado y, si va entrando gente nueva, las preguntas iniciales de los más directos son: ¿qué tipo de cáncer tienes? ¿desde hace cuánto tiempo? y otras  que van en el mismo sentido. También hay quien solo pronuncia un buenos días y un adiós entre el intervalo de una siesta profunda. Y los que prefieren recogerse en sí mismos y aprovechar ese tiempo para pensar en sus cosas.

No sorprende que los temas giren alrededor de los males que presenta cada uno. Es evidente que, si estuviéramos en un mercado, las conversaciones serían alrededor del precio de las alcachofas o de los tomates. Pero en este ambiente, es innegable que el tema principal gira alrededor de la predisposición a la lucha, se nota quien muestra hastío, y los que son reincidentes cargando a sus espaldas varios tipos de cáncer a lo largo de su vida.

Es otro modo de vida. Se habla sin tapujos. Se repite la palabra cáncer cada vez que se va reproduciendo en forma  metastásica y cómo se va asumiendo como una parte de nuestra vida. Al fin y al cabo, todos estamos en el mismo barco terapéutico. Ojos de esperanza, ojos perdidos, ojos ávidos de consuelo, ojos apagados y otros ausentes.

El cáncer no es solo una enfermedad del cuerpo sino un mal del alma. Algo que quiere ser dueño de nuestro cuerpo y le damos paso prioritario tratando de entender el porqué se ha instaurado esta enfermedad en cada uno de nosotros. Los profesionales de la medicina son quienes aportan los tratamientos más adecuados a cada paciente, pero nuestro trabajo es favorecer un espíritu de positividad de dentro hacia afuera. Desde el propio corazón y con sinceridad. Nadie ha dicho que sea tarea fácil, no nos engañemos. Toda la parte comercial del lacito rosa no compensa el dolor que se sufre cuando eres cancerosa o canceroso. Cuando te quedas sin pelo, sin cejas, presentamos todos una  imagen muy parecida.

Las mujeres con un poco de color en los ojos y mejillas hasta nos ponemos guapas, pero no solo tiene que ser el maquillaje el que nos haga visibles ante la sociedad ni los turbantes que nos ponemos No. Debemos dar a conocer cuando nos sangra la nariz. Cuando las llagas en la boca te impiden comer. Cuando el sabor de la comida o la bebida te sabe a hierro. Cuando se te va deteriorando la piel y las uñas. Las náuseas. El cansancio. Todo eso está ahí. ¿Y qué? No va a poder con nosotras ni con los chicos que peleamos juntos.

Los grupos de apoyo en estos casos son muy importantes. Hay quienes te dicen ¡qué buena cara tienes! ¿Cuál vas a tener? La ojerosa con la que te levantas, como todo el mundo y encima calva, sin cejas ni pestañas. Mejor si no tiene una palabra sincera de ánimo, te callas, porque el tener cáncer no quiere decir que te vas a morir mañana. Nos moriremos cuando nos toque, como  todo el mundo. Ni nos gusta que nos traten con pena, porque eso se nota y acabas consolando a quien te lo está diciendo.

Miedo me da el gobierno que permite que investigadores españoles se tengan que marchar a hospitales extranjeros para desarrollar un potencial tan necesario en nuestro país. Miedo me da el giro de política, por decirlo de alguna manera, porque de verdad no sé dónde tienen los ojos todos en general para no hacer inversiones en lo que de verdad necesita la población.

Tanto aplaudir a la sanidad durante la pandemia, cuando han luchado con batas hechas con bolsas de basura y, ahora, esos mismos profesionales se han vuelto invisibles para todo el mundo y encima denostados. Realmente hay algo que se nos está ocultando, porque no podemos ser tantos tan ingenuos ante lo que estamos viendo día a día.

Dejen de mirarse el ombligo y ser más humildes tomando ejemplo de paises que gestionan mejor sus propios recursos.

Dejemos de tener miedo de decir las cosas como en realidad son y abordemos los problemas que directamente nos afectan y no los que  pensamos que, sin serlo,  son importantes.

 

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