Vida o muerte

Muertos en sillas de ruedas, arrastrados por sombras de lo que algún día fueron personas con proyectos de vida.

Muertos que aspiran el último aliento de vida que aún les cabe en los pulmones, o el que le prestan las máquinas atadas a pequeñas mochilas impersonales que juegan con sus vidas.

Muertos que saben que van a morir. Pronto. No algún día, ya. Y tienen miedo.

Cadáveres recubiertos de piel. Piel que se deja deslizar antes de mantenerse erguida. Se hunden en sus sillas o se arrugan en sus camas. No entienden que no son los causantes de tal declive.

Crueles. Odiosos. Infames finitos, que se llevan la vida a trozos para no otorgar el placer de abandonarla sin dolor, sin consciencia, sin penar. Es el regocijo de la muerte, porque no tenemos respuesta a la angustia de nuestros ¿por qué?

El cambio de un estado a otro que no entendemos: vivir la vida frente abandonar nuestro cuerpo.

No poder seguir hablando con tus seres, compañeros de camino de tu esencia, a lo largo de los años que ha durado tu existencia.

Te quedan los recuerdos. El calor de sus abrazos, el olor de su piel y las palabras evocadas que ahora resuenen en tu mente, y a las que a algunas les encuentras sentido cuando ya no están contigo para conversar. Las miradas. Los ojos, que hablan sin pronunciar palabras, dicen más que las voces emitidas.

Vida o muerte.

Muerte en vida o vida al morir.

Vivir, día a día. Reír. Disfrutar. Llorar, tal vez a cada instante. Morir, en un solo segundo. Y la nada. El vacío. Un adiós o un inicio…

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