Chano versus patatas

Hasta los años 60-70 las madres daban a luz en las casas, al menos en ciudades no muy grandes.

Se tenía por costumbre encargar en la farmacia del pueblo un paquete básico de necesidades inmediatas para el recién parido: gasas, cremas, biberones y, lo que llamaban el “moisés” —una pequeña canasta con asas donde pasaría los primeros meses el bebé y se podía transportar con facilidad de un sitio a otro.

Cada familia, como ahora, aprovechaban la ropa de algún hijo mayor. Daba igual que fuera niño o niña para el tema del canastillo u otros menesteres reutilizables (antes el reciclaje era por imperiosa necesidad económica).

A mi tía, embarazada de Chano, y por las fechas en que estaba previsto que naciera, le hacía ilusión que coincidiera con el mismo día de su cumpleaños: el 9 de febrero.

Todo estaba preparado: el paquete de la farmacia encargado, la comadrona avisada… y los dolores de parto pronto empezaron a aparecer. Todavía quedaban cuatro días para cumplir la ilusión de su madre, pero Chano parece ser que oiría jaleo por las calles y ya asomaba su innata curiosidad. No estaba dispuesto a seguir sin ver la luz del sol, aunque fueran pocos días.

Fue un parto muy difícil que dejó extenuada a su madre: 5 de febrero. En pleno carnaval. Domingo. El niño recién nacido y sin su canastillo donde dejarlo. Imposible de localizar a los dueños de la farmacia porque el paquete estaba preparado, pero no esperaban necesitarlo de forma tan rápida. ¡En carnaval y sin saber dónde colocar a Chano!

Mi tío, preocupado por su esposa, no estaba para buscar soluciones de ese tipo.

Menos mal que una amiga de la familia, que solía visitarles a menudo, tomó las riendas de la situación.

 —¿Dónde tienes la caja de las patatas? —preguntó a mi tía

—En la despensa de la cocina —contestó ella. (Antiguamente las patatas y otros productos se guardaban en cajones de madera).

—No te preocupes que el niño tendrá su cunita al menos hasta que mañana abran la farmacia —dijo la amiga.

Se dirigió al baúl donde guardaban las sábanas y los cojines que no se usaban habitualmente. Diseñó una cuna que daba gusto verla; nadie imaginaría que la primigenia caja de patatas se había transformado en una diminuta cosita donde depositar a Chano.

Unas sábanas blancas cubrían toda la madera, doblándolas cuidadosamente para que no se viera esta. Dentro, una almohada rellena de una sustancia blanda como la usada en los colchones antiguos de lana. Y una mantita para que la noche de febrero no resultara fría.

Cuando la amiga entró en la habitación portando la manualidad, mis tíos se quedaron boquiabiertos.

Ese es mi primo: primero le lleva la contraria a su madre por nacer antes de hora; tenía que tener una cuna diferente al resto de niños, al menos de su vecindario, porque la anécdota se extendió como la pólvora; y no podía dejar pasar carnavales para vivirlos desde sus primeras horas de vida.

         

     ¡Ese es nuestro Chano!

Los que le seguís, ¿habíais imaginado por un momento sus primeros minutos de vida de esta manera?

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