El pájaro de las mil alas

Cuando nacimos éramos un total de cinco. Parece ser que fui el último en salir del huevo. Me lo tomé con calma. Nunca entendí los reproches de mis  hermanos cuando asomé la cabeza entre la cáscara. Me decían: –¡Date prisa que hasta que no salgas no nos dan de comer! Fui el último en aprender a volar. 

Me quedaba viendo cómo los demás avanzaban en su desarrollo y yo siempre me he mantenido en la última fila. Muchas veces hasta quería ser invisible; aunque realmente creo que siempre se ha hecho realidad aún sin desearlo. Solo mamá me permitía “ser diferente”.

Un día, cuando estábamos atravesando la campiña, oímos disparos. Instintivamente nos dispersamos y mamá fue alcanzada por uno de ellos. Ante el alboroto que se formó entre nuestra familia y otras que también emigraban a países más cálidos, cada uno voló sin rumbo fijo. Pudimos salir de aquel coto de caza y luego me explicaron que los humanos se dedicaban a disparar para cazar todo tipo de animales, ya sea a ras de suelo o voladores.

La desgracia llegó a nuestra familia. Con mamá muerta, papá no pudo seguir cuidándonos. Nos dijo: –ya sois lo suficientemente mayores para volar solos. Mis alas no tienen tanta fuerza para seguir surcando el cielo a países tan lejanos. Marchad buscando nuevos territorios y cuando vuelva la primavera os estaré esperando en lo alto de aquella colina. Señaló con sus alas el lugar donde falleció mamá. Entendí que la despedida era para siempre, pero era una bonita forma de decirnos que siempre nos llevaría consigo en su corazón.

A partir de ahí tuve que ingeniármelas para seguir sobreviviendo. Ya no podía pedir consejo a ninguno de mis padres y me reinventaba cada día. Mis hermanos formaron pronto una familia y nos veíamos muy de tarde en tarde, en alguna manada migratoria.

Pude ir salvando los miedos que desde pequeño me habían acompañado tanto por timidez como por ignorancia. En cada revés que me proporcionaba la vida, me iba reponiendo. Muchos otros pájaros sabían que podían confiar en mí por ser tan callado y me pedían consejo. Como era muy tranquilo, les reconfortaba ser escuchados y para ellos era suficiente. Estuve dedicado durante muchos años a aquellos que me necesitaban. Enseñé a volar a otros.  Escuché a todos los que me contaban tanto sus penas como sus alegrías. Les gustaban mis consejos, pero me di cuenta de que yo vivía sus vidas. Mi propia vida estaba apagada.

Los únicos momentos que consideraba mágicos eran aquellos en los que me dedicaba a volar cerrando los ojos, jugando con el viento en las montañas o bailando al son de las olas con la brisa del mar. Pero esos eran muy escasos.

De pronto pensé en cuál sería el motivo por el que todos disfrutaban de sus alas para divertirse y yo solo las empleaba para ayudar a otros pájaros.

Llegó un día en que soñé con mamá.

Me dijo que no estuviera triste porque mis hermanos tuvieran una vida más alegre que la mía, pero que había llegado el momento de disfrutar de las alas tan bonitas que tenía. ¡Son tan grandes! decía, que parecen mil algodones de azúcar alrededor de tu cuerpo.

 Me explicó que existía un mundo maravilloso hasta el momento desconocido por mí, pero que a partir de ahora dedicaría más tiempo a disfrutar del paisaje, de los árboles, del mar y la montaña. Le dije en ese sueño que tenía mucho miedo y me contestó que imaginara entrar en un mundo hecho a mi medida. La que yo quisiera. También me advirtió que no sería una tarea fácil ya que al igual que tardé en aprender a volar, también tardaría en sentirme cómodo en este estado de libertad. Antes de despertar me animó a que todo se debe aprender y la felicidad no está exenta de ello. Que cuando flaquearan mis fuerzas me acordara de ella, porque si ella llegó a disfrutar del don de volar yo también lo conseguiría.

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