Menú del Día

La lumbre de la cocina siempre estaba encendida. El olor que desprendía la leña mientras se preparaba el guiso, sin minuteros, porque se prendía desde primera hora de la mañana, le daba a la cocina un cierto encanto atrapado entre las paredes de piedra que la formaban. Cierro los ojos y me traslado al ambiente cálido y acogedor donde cabía toda la familia alrededor de una mesa de madera.

Las sillas eran muy variadas, unas de madera y enea, con algún rasguño que siempre ha formado parte de los respaldos. Otras de formica, o bien de color marrón el respaldo y el asiento, y otras azules. Me ayudaban a subirme a ellas y prefería las de enea, porque las otras eran frías como un témpano de hielo. Se podía elegir porque, si venía alguien más a comer, siempre encontrábamos alguna por algún rincón. Es lo que ahora denominaríamos sillas estilo vintage.

Ya fueran lentejas, cocido o cualquier otro plato de cuchara, todos apretados, saboreábamos la comida como manjares exquisitos, pero ahora entiendo que no se trataba de eso, sino que el sentido de una familia completa abrigaba nuestros días. En invierno en la cocina y durante el verano en el patio rodeados de hortensias, geranios y multitud de plantas que  me hacían sentir en plena selva. Al menos desde mi pequeña estatura, todo parecía enorme. Y las risas, las prisas, se vivían de una manera menos estresante que ahora. Había tiempo para comentar cómo iba el día, alguna anécdota: como la de la señora María que, vino a pedir sal y casi se queda a comer, porque le gustaba vernos a todos juntos. La luz de la mañana nos reunía en  casa de la abuela, por las noches cada uno a su nido.

Otra curiosidad era que el fregadero que se usaba era de piedra y estaba a la intemperie, en el patio. Entre rojo y granate fileteado de blanco y algún trozo cortado, que no afectaba a su utilidad. Por algún misterio sin descubrir, no perdía nada de agua al llenarlo y, para que no se saliera el agua, un trozo de corcho envuelto en tela ¡vamos, ni el mejor tapón que encontremos ahora!  Se tenía que realizar la tarea rápida porque sin agua caliente salían las manos tiesas por el frío y rojas como el fregadero.

La abuela era el punto de encuentro para reunirse toda la familia.

Cuando una casa ha estado repleta de gente, se van notando los huecos que se forman a lo largo o corto lapso del tiempo. Las comidas no saben igual. Los olores cambian y los asuntos de conversación tienen otra temática: ni mejor ni peor, solo distinta.

Y el calor. El calor humano. Este se diluye entre la falta de comensales que van partiendo hacia otros paraisos.

Cuando somos pequeños, las dimensiones de las estancias se magnifican y aún estando llenas de gente, siempre sobra espacio. Ahora, ese espacio vacío lo llenamos de recuerdos y nos abrigamos con los sueños que nos visitan cuando abrimos el corazón al amor de lo vivido. A nuestra vida. A los recuerdos que, como dulce de algodón, están pegados a nuestros labios, se enredan en nuestros dedos y juegan con nosotros para que no olvidemos que nuestra vida, sea la que haya sido, es lo mejor que nos ha pasado. Con las cosas tristes aprendemos y con las bonitas disfrutamos.

Este recuerdo me ha venido al ver a una anciana asomarse a la pizarra de un bar dónde se podía leer el menú del día que ofrecían. Comida para llevar. ¿Será para comer a solas?

Seamos generosos con la vida, con nuestra vida, con la vida de los demás.

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