La victoria de un miedo invisible

El domingo pasado se celebró el Campeonato Provincial de Alicante de tiro con arco en la modalidad de Aire Libre en las instalaciones del club CICA de Santa Pola.

Yo había estado entrenando con cierta asiduidad estas últimas semanas y me hacía bastante ilusión competir en torneo, en el que no basta con acabar entre los tres primeros, si no que además hay que disputar unas eliminatorias en las de que los cuatro mejores se disputan las tres medallas, pues yo nunca había logrado acabar tan arriba.

Esta vez era conocedor de mis posibilidades y pensaba que era capaz de lograrlo. Estuve bastante tranquilo durante las series clasificatorias y, aunque tiré un poco por debajo de mi nivel (algo común en competición, siempre hay presión) conseguí acabar tercero. Objetivo cumplido. Ahora llegaba lo complicado, las eliminatorias. Me tocaba contra el segundo, un chaval del Santa Bárbara.

Para ser sincero, los nervios, el síndrome del impostor y mi autoestima me pudieron. La inquietud me hizo tirar muy rápido, sin parar a hacer el ciclo de tiro como estoy acostumbrado, y la falta de confianza en mí mismo ante situaciones adversas hizo el resto.

 Perdí la primera eliminatoria (sin quitarle ni un ápice de mérito a mi contrincante), así es que “solo” me quedaba la opción de pelear por el bronce. Muchos compañeros y compañeras de otros clubes me apoyaron y me infundieron ánimos, y en especial las chicas, las “Valquirias” que estaban entre los espectadores. Me sentí muy arropado por ellos y ellas y la verdad es que me reconfortaron muchísimo, por lo que les estoy muy agradecido. Ahí me relajé un poco y empecé tirando muy bien, por lo que conseguí los dos primeros puntos. La cosa había empezado, pues, genial, hasta que de nuevo afloró mi versión mala, la que se empeña en cagarla. Volví a sentirme nervioso, a pensar que esto no era lo mío, que estaba fuera de mi lugar y que lo natural era perder, que un novato no podría con ello.

Efectivamente, malogré los dos siguientes duelos contra mi rival, ya me ganaba dos a cuatro. Si volvía a perder, se acababa el torneo. Y entonces, sobre la línea de tiro, me vino a mi mente mi padre, que ya no está desde hace muchos años. Pensé que le habría gustado ver lo que hacía. Le habría encantado que practicara deporte, que viviera este ambiente tan sano y que me esforzara en mejorar en lo que tanto me gusta. No soy religioso ni creo en la vida eterna, pero instintivamente miré al cielo y me relajé. Sentí la cuerda sobre las primeras falanges de mis dedos. Me concentré en la secuencia de tiro, en mandarlas al amarillo. Veintisiete puntos. Cuatro a cuatro. Tiré la última tanda, veintiocho puntos. No quise ver los que lograba el bueno de Sacha, mi contrincante, y me retiré de la línea de tiro enseguida. Al instante vino a felicitarme y nos dimos las manos y un abrazo y la enhorabuena.

Yo había logrado el bronce.

Es un campeonato provincial, el escalafón más bajo de la competición y un tercer puesto sin más importancia, pero para mí sí la ha tenido en el sentido de aprender, de saber cómo relajarme y de lograr confiar en mí mismo. Como he dicho, no soy religioso ni creo en que nadie esté en el cielo ni el infierno, pienso que solo fue mi manera de encontrar mi paz interior, aislarme del entorno y rechazar la presión. Y si además esta experiencia personal le puede ayudar a alguien a mejorar en el futuro, me doy más que por satisfecho de haber escrito estas líneas.

Desde el equipo de administración de esta web agradecemos profundamente la colaboración de Amadeo Sánchez Calabuig por compartir su texto y estamos seguros servirá de ejemplo a muchos lectores.

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